Demasiado tacón... Feo, feo, feo... Casi, pero no, si fueran negros mejor... Seguramente caros, pero joder! Son preciosos... Bueno, quizá halla suerte, y a final de mes...
Con los pies doloridos de haber cogido tanto frío tras andar varias manzanas bajo la lluvia casi sin quererlo acabó fijándose en todos y cada uno de los pies vestidos y aparentemente secos que desfilaban ante ella por el anden. Llevaba allí más de diez minutos dejando pasar uno tras otro los metros. Ella, en contra de los dueños de aquellos zapatos no tenía ninguna prisa, lo único que quería era refugiarse por unos minutos del chaparrón sin saber que ya había terminado y empezaba a lucir el sol. Aún así, la excusa de esperar en la estación le servía también para hacer tiempo, y es que, presa del nervio que tan bien la definía estaba llegando con una antelación exagerada a la entrevista de trabajo que le esperaba a escasos paradas de allí. La tercera desde que llegó.
Casi se obligaba a no coger los trenes, aunque a veces no podía evitar sorprenderse levantándose para luego quedarse quieta a pocos centímetros de la puerta. Se volvia a sentar carpeta en mano con las mejillas rosas de la vergüenza, como pidiendo perdón a quienes no entendían su conducta. Aunque era ella quien no comprendía bien demasiadas cosas todavía.
Llevaba muy poco en la ciudad y aún se sentía perdida, le costaba demasiado convivir entre tanto desconocido, sola en la multitud. Echaba de menos a sus padres, y últimamente más que nunca a sus compañeras de trabajo, por las horas que eran podría imaginárselas tras el mostrador almorzando rosquilletas, y era entonces cuando le entraba la nostalgia de todo lo que había dejado atrás. Parece mentira que a solo 300 kilómetros de distancia sea todo tan distinto. Era como estar en otro país.
Aunque había tomado la mejor de las decisiones que pudo haber elegido, pues no solo abandonaba una vida cómoda y tranquila si no que también cerraba una etapa que jamás debió empezar. Cinco años atrapada en una casa en la que vivieron dos personas, pero jamás una pareja. Habían besos y risas, sí, pero poco más. Tal y como le dijo una vez Alba: “No puede salir nada bueno de dos niños que suspendían gimnasia en el cole.” Ella creía en los cuentos con final feliz y esperó, él jamás supo querer y casi se dejó enseñar. Un día ambos se cansaron y meses después quisieron reconocerlo maleta en mano.
Volver a la casa donde te criaste, es casi curativo, pero en cuanto se recomponen los daños y se terminan de coser las alas es inevitable desobedecer el ansia de estrenarlas.
Una nueva vida, y mejor! Se prometió, pero aunque la novedad era evidente, no terminaba de haber cumplido su objetivo. Y allí estaba a punto de conseguirlo, con aquellos zapatos agujereados, las ojeras maquilladas y un antojo incontenible de almorzar, agazapada en un compañía tras un mostrador. Un pitido la despertó de sus pensamiento, no recordaba haberse movido, pero volvía a estar a un palmo del tren, aprovechó el reflejo del cristal para darse el visto nuevo y esta vez subió.
Pretendo presentarme a un concurso de relatos y ando tan faltísima de inspiración que sólo he conseguido esto. Aún me quedan días para arreglaro así que porfavor, espero críticas constructivas.
Gracias!





1 comentarios:
No creo que esta crítica sea muy constructiva pero al menos es optimista:
- Está genial el relato, sigue así
PD: Con tu permiso voy a poner tu blog en mi listado de blogs amigos, es superpersonal y me encanta.
Suerte ;)
Patri
Publicar un comentario en la entrada